RESURRECCION DEL SEÑOR
HOMILIA DE LA VIGILIA PASCUAL


1.- Los cantos de alegría resuenan esta noche - noche santa - en todas las Iglesias del mundo y en el corazón de todos los cristianos; el resplandor de la Luz de Cristo disipa las tinieblas de la noche. En esta noche, clara como el mediodía para los creyentes, celebramos, queridos hermanos, la Resurrección del Señor. Esta es la noche en que Cristo ha roto las cadenas de la muerte, asciende victorioso del abismo, recrea nuestra condición de hijos de Dios e impregna nuestro espíritu de fe y esperanza. ¡Noche dichosa que ha conocido el momento en que Cristo salió del sepulcro! Noche venturosa para nosotros, que celebramos este acontecimiento y sentimos la emoción de todo nuestro ser al contemplar el milagro patente que Dios ha hecho en Cristo y al reconocer las maravillas que en Cristo realiza en cada uno de nosotros.

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Noche en la que exultan los coros de los ángeles y las jerarquías del cielo; en la que la tierra entera, inundada por la claridad de Cristo, desborda de gozo; noche en que la Iglesia, revestida de Luz, se alegra con todos los hombres y da gracias a Dios por el asombroso beneficio de su amor, por su incomparable ternura y caridad.

2.- Sin embargo, todo parecía acabado el Viernes, con Jesús muerto y sepultado. Había terminado una noble aventura humana: Un hombre bueno, que hizo el bien, que consoló a los tristes y curó enfermos, que predicó el amor y lo vivió hasta el extremo; un hombre que enseñó a tener una piedad sincera y profunda, que dijo que Dios no era un juez terrible, sino un Padre amoroso, dispuesto a todo por sus hijos... Un gran hombre; incluso un gran profeta... Pero todo ha acabado: Le han dado muerte. No ha podido instaurar el Reino de Dios. 

Al parecer, todos se han resignado ya a esa muerte. Han olvidado incluso aquellas palabras suyas en que anunciaba su resurrección: En realidad, no lo acababan de creer. Los hechos son los hechos.  Ha muerto, lo han sepultado con tristeza y cariño; lo han llorado con amor. Se sienten culpables por haberlo abandonado y traicionado. Andan escondidos, ocultos, desconcertados, desalentados; son hombres con las esperanzas rotas... Piensan ya en reanudar sus antiguas tareas, en volver a la vida de antaño, la que llevaban antes de conocerle. Los años pasados a su lado han sido espléndidos, pero, a la vista de su fracaso, ahora se revelan como un sueño. Le recordarán siempre. Pero todo ha terminado. Ya no esperan nada. Ya no les queda fe.

3.- Pero de repente, de forma inesperada, contra toda expectativa humana, contra toda lógica..., otro hecho se les impone: Jesús ha resucitado. Hecho sorprendente que les cuesta aceptar; por eso no creen a las mujeres. Van al sepulcro y lo encuentran efectivamente vacío... ¿Habrán robado su cuerpo? Pero no: Ha resucitado. Ha vencido a la muerte, ha triunfado: El gran fracaso humano, la muerte como malhechor..., se ha vuelto triunfo y gloria. El Crucificado vive, se les aparece, les habla... No hay duda: Jesús ha resucitado; el Señor vive. "La piedra desechada es ahora la piedra angular; es Dios quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente".

Y ahora recuerdan sus palabras que anunciaban este hecho inaudito. Se les abre la inteligencia y entienden las Escrituras; comprenden por primera vez el significado de la vida de Jesús y el sentido de su muerte: "Vivió por nosotros..., murió por nuestros pecados..., ha resucitado para nuestra salvación". Renace la fe: Ahora creen de verdad; renace también la esperanza: Ahora tienen la certeza de que resucitarán con él.

Cobran ánimos, se reúnen de nuevo y ya no pueden esconderse ni callar: Han de proclamar que Jesús, el crucificado, ha resucitado. Y proclamarán este hecho aunque tengan que sufrir persecución, aunque tengan que morir por ello.. Nada ni nadie podrá acallar su voz; ningún poder humano será capaz de hacerles enmudecer. Ahora saben que son, y no pueden dejar de ser, testigos del Resucitado. Y Pedro, Juan, los otros apóstoles, más tarde Pablo, anunciarán a judíos y paganos, a todo el mundo, que Jesús, el que había muerto, ha resucitado. Esa será su fe; y esa es también la nuestra.

4.- Jesucristo ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. Porque tenemos la esperanza de que "así como Dios resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder"; "sabemos que quien resucitó al Señor Jesús, nos resucitará también a nosotros con Jesús". Nuestro destino está unido al de Cristo: El es la primicia de lo que nosotros seremos. Y ya no nos sentimos amenazados de modo definitivo por la muerte; nada puede poner en peligro y apartarnos de la anchura y profundidad del amor de Dios manifestado en Cristo. Por eso hoy, celebrando la resurrección del Señor, podemos exclamar con gozo: "Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo". Nuestra vida, por esta esperanza, adquiere un sentido nuevo que la inteligencia humana no podía siquiera vislumbrar.

Y también nuestra vida terrena, nuestra propia condición humana, ha quedado transformada: Somos ya en Cristo "criaturas nuevas"; "somos en la fe hombres nuevos". Cristo resucitado ha creado en nosotros una nueva condición; nos hace capaces de ir muriendo a nuestros pecados para que se apodere de nosotros la vida nueva de los hijos de Dios. Vida nueva todavía sometida a dificultades y tribulaciones, todavía bajo el signo de la Cruz, pero que un día manifestará su gloriosa plenitud en Cristo.

Por eso todos nosotros, que hemos recibido y aceptado el testimonio de los Apóstoles, somos también testigos del Resucitado. Hemos de proclamar con gozo que la vida tiene sentido; que la muerte no es un final definitivo, sino el umbral de una nueva vida de gloria; que ya desde ahora, por la fe y el bautismo, participamos de esa resurrección. El mundo en que vivimos necesita quizás más que en otros tiempos este testimonio de esperanza.

Pidámosle al Señor en esta noche santa la gracia de sentir en lo más hondo de nosotros mismos la necesidad de proclamar, con firmeza y amor, contra viento y marea, que Jesús ha resucitado.

¡Que así sea!

Sermón proclamado en la noche de la Vigilia Pascual, el día 22 de Abril del año 2000, en la Iglesia del Patriarca San Juan de Ribera de Valencia, por el Rector del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi  reverendo  D. JUAN JOSE GARRIDO ZARAGOZA, Doctor en Filosofía y Profesor de Historia de la Filosofía Medieval y de Metafísica en la Facultad de Teología de Valencia. Ha estudiado filosofía en Valencia, Lovaina y Roma. Entre sus publicaciones cabe destacar: Spinoza y la interpretación del cristianismo (Valencia, 1976), Fundamentos noéticos de la metafísica de X. Zubiri (Valencia, 1984), San Agustín: Breve introducción a su pensamiento (Valencia, 1990), y  El pensamiento de los Padres de la Iglesia (Madrid, 1997).


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