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3.- Pero de repente, de forma inesperada, contra toda expectativa humana, contra toda lógica..., otro hecho se les impone: Jesús ha resucitado. Hecho sorprendente que les cuesta aceptar; por eso no creen a las mujeres. Van al sepulcro y lo encuentran efectivamente vacío... ¿Habrán robado su cuerpo? Pero no: Ha resucitado. Ha vencido a la muerte, ha triunfado: El gran fracaso humano, la muerte como malhechor..., se ha vuelto triunfo y gloria. El Crucificado vive, se les aparece, les habla... No hay duda: Jesús ha resucitado; el Señor vive. "La piedra desechada es ahora la piedra angular; es Dios quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente".
Y ahora recuerdan sus palabras que anunciaban este hecho inaudito. Se les abre la inteligencia y entienden las Escrituras; comprenden por primera vez el significado de la vida de Jesús y el sentido de su muerte: "Vivió por nosotros..., murió por nuestros pecados..., ha resucitado para nuestra salvación". Renace la fe: Ahora creen de verdad; renace también la esperanza: Ahora tienen la certeza de que resucitarán con él.
Cobran ánimos, se reúnen de nuevo y ya no pueden esconderse ni callar: Han de proclamar que Jesús, el crucificado, ha resucitado. Y proclamarán este hecho aunque tengan que sufrir persecución, aunque tengan que morir por ello.. Nada ni nadie podrá acallar su voz; ningún poder humano será capaz de hacerles enmudecer. Ahora saben que son, y no pueden dejar de ser, testigos del Resucitado. Y Pedro, Juan, los otros apóstoles, más tarde Pablo, anunciarán a judíos y paganos, a todo el mundo, que Jesús, el que había muerto, ha resucitado. Esa será su fe; y esa es también la nuestra.
4.- Jesucristo ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. Porque tenemos la esperanza de que "así como Dios resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por su poder"; "sabemos que quien resucitó al Señor Jesús, nos resucitará también a nosotros con Jesús". Nuestro destino está unido al de Cristo: El es la primicia de lo que nosotros seremos. Y ya no nos sentimos amenazados de modo definitivo por la muerte; nada puede poner en peligro y apartarnos de la anchura y profundidad del amor de Dios manifestado en Cristo. Por eso hoy, celebrando la resurrección del Señor, podemos exclamar con gozo: "Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por Nuestro Señor Jesucristo". Nuestra vida, por esta esperanza, adquiere un sentido nuevo que la inteligencia humana no podía siquiera vislumbrar.
Y también nuestra vida terrena, nuestra propia condición humana, ha quedado transformada: Somos ya en Cristo "criaturas nuevas"; "somos en la fe hombres nuevos". Cristo resucitado ha creado en nosotros una nueva condición; nos hace capaces de ir muriendo a nuestros pecados para que se apodere de nosotros la vida nueva de los hijos de Dios. Vida nueva todavía sometida a dificultades y tribulaciones, todavía bajo el signo de la Cruz, pero que un día manifestará su gloriosa plenitud en Cristo.
Por eso todos nosotros, que hemos recibido y aceptado el testimonio de los Apóstoles, somos también testigos del Resucitado. Hemos de proclamar con gozo que la vida tiene sentido; que la muerte no es un final definitivo, sino el umbral de una nueva vida de gloria; que ya desde ahora, por la fe y el bautismo, participamos de esa resurrección. El mundo en que vivimos necesita quizás más que en otros tiempos este testimonio de esperanza.
Pidámosle al Señor en esta noche santa la gracia de sentir en lo más hondo de nosotros mismos la necesidad de proclamar, con firmeza y amor, contra viento y marea, que Jesús ha resucitado.
¡Que así sea!
Sermón proclamado en la noche de la Vigilia Pascual, el día 22 de Abril del año 2000, en la Iglesia del Patriarca San Juan de Ribera de Valencia, por el Rector del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi reverendo D. JUAN JOSE GARRIDO ZARAGOZA, Doctor en Filosofía y Profesor de Historia de la Filosofía Medieval y de Metafísica en la Facultad de Teología de Valencia. Ha estudiado filosofía en Valencia, Lovaina y Roma. Entre sus publicaciones cabe destacar: Spinoza y la interpretación del cristianismo (Valencia, 1976), Fundamentos noéticos de la metafísica de X. Zubiri (Valencia, 1984), San Agustín: Breve introducción a su pensamiento (Valencia, 1990), y El pensamiento de los Padres de la Iglesia (Madrid, 1997).
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